martes, 30 de septiembre de 2008

Sueños de Papel



Siempre hubo un momento para aprender a besarnos, para comprender del porque de nuestro encuentro. O talvez solo lo imaginaba, talvez había planeado este encuentro inconscientemente. Yo te quise conocer esa tarde en aquel café sin más ni más.

¿En verdad estábamos felices el uno con el otro?

¿Había una razón tan grande como para haber decidido emprender este viaje, en una cita inmediata, con palabras que encerraban una promesa de amor duradero?

Hubo una noche, la recuerdo, podría parecer que fue ayer pero en verdad nunca fue.
Tú solías despertarme a mitad de la noche preguntándome si estaba dormido.
–Amor, cuando un hombre ronca, por lo general esta mas que dormido– iba a responderte cuando lo hicieras. Pero esa vez, tus palabras se acabaron en un agarre de manos y un suspiro viendo al techo.
Yo de perfil y tu boca arriba, un apretón era suficiente talvez por una noche, ¿pero y la siguiente y la de hoy?
¿Que hay de tu pregunta inmediata?
Y lo hice, invadido por la incertidumbre te pregunté donde había quedado ese sacudirme por el pecho y voltearme a mitad de mi sueño para preguntarme si dormía.
Tu me respondiste sincerada y demasiado precoz: –He aprendido a no despertarte por la noche, porque se que es lo único verdaderamente seguro que tenemos. Tu un día podrías huir o morir así como así y yo te extrañaría a mas no poder. Pero aún encuentro adorable esa forma en que me escribes en tus sueños porque siempre me adornas el nombre–.

Algún día talvez nos conoceremos y dejaremos de soñar.

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