
Un día cercano a la noche de reyes nacía una niño de ojos achinados y,
quizás por la magia que se respiraba en aquél día, el niñito siguió
creciendo con esa magia en su vida.
Despierto soñaba con poder volar, imaginaba que debía ser como
darse impulso en un columpio y confiaba en que, cualquier día,
encontraría un pasadizo secreto que lo conduciría hasta un castillo
habitado por unas elfos que la convertirían en uno de ellos.
El niñito fue creciendo hasta convertirse en un jovencito romántico
que, cuando veía películas de amor, se ausentaba en cuanto aparecía
el malvado o la parte triste, así toda la película se convertía en un
cuento de niños.
Tan romántico era que cuando escribía nunca dejaba una palabra
sola en una frase, porque pensaba que era muy triste que no estuviera
acompañada por las demás, pero al final comprendió que la palabra
no estaba sola, sino que la acompañaban las letras que la formaban.
El jovencito creía en el amor por encima de todo y estaba convencido
de que, igual que en los cuentos de hadas, el encontraría a su pequeño príncipe.
En cada chico que conocía intentaba encontrar los rasgos de su pequeño príncipe imaginario y por unos instantes su ilusión pareció verse cumplida,
convirtiéndolo en el principe más feliz del reino, pero aquél pequeño príncipe
resultó ser un espejismo y volvió hacia dónde había salido, de su propia
imaginación, dejándolo muy triste y agotado.
Pensó que quizás su pequeño príncipe jamás sería real y de pronto se
sintió demasiado pequeño para éste mundo.
El joven se fue haciendo mayor hasta convertirse en una viejecito que,
cada vez con menos ilusión y sin apenas fuerzas, continuaba su
búsqueda del gran amor y mirando cada noche las estrellas pensaba
en que su príncipe debía de estar en una de ellas, porque en la tierra
no lo encontraba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario